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lunes, 21 de enero de 2008

Angelito de Dios


Por Daniel Almirón

Difícil quitar la vista de los oscuros y profundos ojos del pequeño, se podría decir que subrayaban casi como una muda súplica el pedido que le había hecho. Sonriendo se quedo estático, pensó en sus propios hijos, en esa edad donde la rebeldía comienza a expresarse, niños que se duermen a diario con el estómago lleno, cuya única obligación es estudiar, si para los sacrificios está él, para eso está todo el día en ese kiosco, entre golosinas, útiles escolares y tarjetas prepagas de teléfono, un pequeño universo que lo sustenta, junto a su familia, desde hace doce años.

Los labios del pequeño vuelven a moverse. El sigue abstraído en esos ojos profundos, despacio amplía el foco, la ropa un tanto desaliñada, definitivamente muy usada y sucia, qué triste destino para esa niñez que sólo puede vagar por la calle, que es presa de pegamentos y drogas más sofisticadas, una niñez sin cuentos de hadas, sin juguetes, sin desayunos atiborrados de pan con manteca y café con leche, sin timbres de recreo ni maestras solícitas, sin días del niño; una niñez de escalones de mármol en edificios públicos donde dormir, de deambular por restaurantes y otros locales mendigando una moneda...

La boca del chico se mueve otra vez, pero el sonido pegadizo de un tango de Julio Sosa le llena los oídos y la cabeza, siempre quiso bailar tango, quizás si lo hubiera hecho en la juventud podría haber juntado buen dinero, bailando en el extranjero, en lugar de regentear un kiosco de barrio, donde debía lucir una perenne sonrisa a pesar de las viejas cargosas llenas de tiempo libre y ocioso que sólo se entretenían discutiendo todos los precios de las pequeñeces que llevaban. A
veces se sentía miserable. El era un hijo obediente, en qué habrá fallado para que los suyos se comportaran así. Sabía que su mujer hacía lo posible para ponerlos a raya, claro, eso al volver del trabajo, el trabajo, al trabajar los dos la mayor parte del día es lógico que sus hijos actuaran con semejante rebeldía; pobre Nora, sabía que se sentía impotente y a veces lloraba en silencio, qué linda que era cuando se conocieron... sonríe al recordar ese primer beso robado en un banco de plaza, algo de esa jovencita se encuentra aún en lo profundo de sus tristes ojos celestes...

¿Qué? el chico dice algo más, el extraño tono lo saca de su ensimismamiento, un tanto sorprendido de que un pequeño de ocho o nueve años se exprese de manera tan exigente, lo mira, se ve tan extraño, por un lado tan desamparado y por el otro tan decidido, le sonríe...

Los vecinos lo encuentran aún con la sonrisa dibujada en los labios, pero enmarcada en un rictus de sorpresa, el pequeño círculo negro, casi como un tercer ojo, se ve como una nota discordante en la frente del comerciante, los ojos bien abiertos a la nada, vidriosos, cajas de golosinas por el suelo, las tarjetas de teléfono ausentes y la pequeña caja registradora abierta y vacía, el charco de sangre se mezcla con las blancas hojas de los repuestos escolares y los caramelos.

Un día más en un barrio más...

1 comentario:

.:*:. Ferípula .:*:. dijo...

Dani,
estamos rodeados de "angelitos".

Tremenda realidad.
______________
Te felicito,
sos un escritor que rescata con sencillez la complicada trama de la sociedad. Muy bueno.

Un abrazo!
Y otro para los dueños de este espacio virtual.