
Por Marcos Zocaro
Esa mañana, Constanza Levy se despertó a la misma hora que lo hacía habitualmente para ir al colegio; pero ese día no tenía clases. Estaba decidida a concretar el plan que había elaborado durante semanas en la soledad y el encierro de su cuarto. Era lo único que podía hacer para curar sus males, sus desgracias, sus traumas... Los consejos de sus padres, de su hermano mayor y de su psicóloga, eran puras banalidades, inservibles a la hora de lidiar con su pasado, y con su presente.
Decidida, se levantó de la cama y fue hacia el escritorio junto al armario. En su diario íntimo relató lo que iba a hacer; como un escalofriante prólogo de la tragedia, explicó con lujo de detalles sus motivos, sus causas. Ya no había vuelta atrás; sería implacable. Acto seguido, tomó una lapicera, una hoja en blanco y, como parte del ritual, escribió cinco nombres, uno debajo del otro. Lo hizo mecánicamente, no lo pensó demasiado: los cinco nombres vivían día y noche en su cabeza...
Luego, con la lista en la mano, se puso de pie y se dirigió al living. Sus padres dormían. Agarró una silla de madera y la colocó junto al mueble; se subió y tomó la pistola calibre 22 que descansaba en la parte superior. Con la lista en la mano izquierda y el arma en la pequeña cartera negra colgada al hombro, salió a la calle. Miró el primer nombre: Walter Montego, su tío. Vivía a escasas cuadras de su casa, por lo que tardó sólo segundos en llegar. El hombre aparentemente estaba solo; al oír el timbre se levantó de la cama y, con la poca ropa que llevaba puesta y sin preguntar quién era, abrió la puerta y se encontró frente a frente con una pistola. Eso fue lo último que vieron sus ojos. Una bala acabó con su vida, de la misma forma que años atrás él había terminado con la inocencia de su sobrina.
Los rasgos de la frágil Constanza, de apenas 17 años, se mantuvieron imperturbables; en el fondo mismo de su ser sentía como una parte de su mal desaparecía. Observó la lista y la leyó en voz baja, esta vez no era sólo un nombre, sino dos: las hermanas Pérez Díaz: Micaela y Julia, aquellas que se habían encargado de recordarle día tras día el ultraje recibido por parte de su tío.
Esta vez tardó más en llegar. La madre de las hermanas la recibió en el porche. Con la misma cara inmutable con la que había matado a su tío, le preguntó a la señora por sus hijas. La mujer ya conocía a Constanza, tanto como a sus problemas psicológicos. La hizo pasar y la acompañó
hasta la habitación. Las dos hermanas estaban acostadas en sus respectivas camas.
Constanza esperó a que se retirara la señora, sacó el arma y, sin mediar palabra alguna, curó otra parte de su trauma. Ya sólo restaban dos nombres. Mientras abandonaba el cuarto, vio acercarse corriendo desesperadamente a la madre de las chicas. De inmediato oyó un ruido seco, similar al de una persona que cae al suelo sin atenuantes. Miró por tercera vez la lista; era el turno de Franco Alvear, su profesor de Historia, aquel racista que inexorablemente debíamorir. Caminó durante casi veinte minutos. Al llegar al lugar, vio al hombre parado junto a la puerta de su casa, muy posiblemente esperando a alguien. El profesor la vio venir, pero, antes de llegar a saludarla,
se percató de cómo su alumna llevaba la mano derecha al interior de su cartera y extraía lo que acabaría con su vida.
La chica lo vio caer con ambas manos sobre el estómago, cubriendo el orificio ocasionado por la bala, el mismo orificio por donde se le escurría la vida. Constanza Levy sintió cómo su mal
mermaba, cómo poco a poco se desvanecía.
Sólo faltaba una persona para acabar definitivamente con su padecimiento. Sólouna. Aún aferrando el arma con la mano derecha, y una última bala esperando a ser usada, leyó en voz baja el último nombre:... Constanza Levy.
















